jueves, 22 de septiembre de 2011

Unidos en la gracia y la desgracia

Hay una creencia patriótica que dice que los chilenos son solidarios de nacimiento. La verdad es que la accidentada geografía de este país lo hace conocido por los violentísimos sismos y las serias erupciones volcánicas, y quizá no tan famosos, pero también abundantes inundaciones por lluvias en el invierno -dada la pendiente cordillerana y la proximidad de poblaciones al pie de las montañas-. Todos los años, las nevadas atrapan a pueblos enteros bajo el denominado tsunami blanco, en el que vidas humanas corren peligro y se pierden animales de pasto; mientras, de manera simultánea, en el desierto, la sequía tiene en alerta desde hace años a otros habitantes de este diverso y sorprendente lugar al sur del sur.
Cuando las emergencias se activan, se activa la solidaridad y la gente se vuelca severamente. Si preguntamos a cualquier chileno si es voluntario de alguna institución, nos responderá sobre variadas oportunidades en que ha viajado al norte o al sur a ayudar en la reconstrucción de casas y pueblos o en la misma metrópoli ha hecho donaciones para socorrer a sus compatriotas. No obstante, las investigaciones sobre este tema, dicen que a parte de las emergencias y de las donaciones esporádicas, el voluntariado y la solidaridad son escasos.
Entre marzo del 2010 y agosto del 2011 han ocurrido tres situaciones que proponen una reflexión sobre este tema, situaciones cercanas en el tiempo y que es casi imposible no relacionar. La primera el terremoto con tsunami de febrero del 2010, posteriormente la situación de los 33 mineros atrapados bajo tierra durante 70 días en agosto del mismo año y en septiembre del 2011 la muerte accidentada de 21 personas por la tragedia de un avión de las fuerzas armadas. Este último acontecimiento, también con gran cobertura mediática, ha generado duelo nacional de dos días dadas las características de las víctimas, se trataba de 21 persones muy conocidas, algunos estrellas de la televisión y otros personas de destacado compromiso social. El motivo del viaje era, precisamente, un documental televisivo sobre la reconstrucción post-maremoto de la isla Juan Fernández, conocida por la famosa obra “Robinson Crussoe”. Personas tan comprometidas con el bienestar de los demás, la auténtica felicidad y solidaridad, que su muerte ha resultado una especie de orfandad y desolación.
Reflexionando estos acontecimientos junto a un grupo de jóvenes de 16-17 años aparecía la pregunta: ¿qué tenemos que ver que todavía no somos capaces de entender?, y algunos respondían: que vivimos como si nunca tuviéramos que morir y por tanto no profundizamos el día a día.
La invitación al voluntariado, el salto cualitativo entre dar una limosna, alimentos o ropa o comprometerse con los demás, es vivir entendiendo que nos moriremos y que es ahora (ahora mismo, ya!!) cuando podemos hacer la diferencia entre mediocridad o plenitud.
Gente como los voluntarios organizados de “Desafío, levantemos Chile”, junto al equipo del “Buenos días a todos” y la Armada de Chile, muertos en accidente, en camino a la reconstrucción, marcan la diferencia, pero ha sido necesaria una desgracia para verlo claro. No dejemos de mirar entonces a todos los que están vivos y trabajan todos los días por hacer posible la educación, el cuido de los enfermos, la acogida a los solitarios, ayudar a los desposeídos… y unámonos a ellos desde todos los lugares de la tierra. 

1 comentario:

Diego Haristoy dijo...

Elisabet, lamentablemente nos hemos acostumbrado, en nuestro fuero ínterno, a que la mano izquierda vea a la derecha dar (y viceversa) y hacer hartas pompas de aquello, es por eso que institucionalizar la solidaridad prende tan fácil en nuestra sociedad chilena, los egos para que te digan cuan bueno eres explotan de felicidad si hay testigos cuando se es "solidario", la Teletón es una muestra puntual: venga, luzcase, lloriquee, póngase con plata y redímase por uno o 2 años.
Pero el fin de ser solidarios casi siempre se diluye entre tanta challa, volvemos a casa y pateamos la perra del vecino, barremos y regamos nuestro metro cuadrado, vamos con cara de poto en el metro, y si le sonreímos o saludamos a alguien te miran como si fueras de otro planeta... La verdad es que no siempre fuimos así, o al menos en otros momentos percibí a mi Chile un poco mas relajada, menos sistematizada, mas despeinada, mas amable y por supuesto más solidaria, pero solidaria de verdad, no esa solidaridad que se "carga" por medio de un vuelto en el súper o con un descuento en tu tarjeta de crédito.
Buen posteo estimada, saludos.