viernes, 20 de enero de 2017

Periferias humanas


Los inscritos son un grupo de aproximadamente quince hombres, cuando llegamos los llaman por altavoz y empiezar a aparecer. Hay cinco que perseveran más en las sesiones, estan sentados y trebajan todo el rato de manera continua, pero el resto se levanta constantemente, va y viene, abren y cierran la puerta, piden permiso para salir, entran de nuevo. Trece son menores de treinta años, uno tiene diecinueve y acaba de ser padre de una criatura hace veinte dias, otro tiene 23 años y un rostro muy infantil, otro 24 y tiene dos pequeños hijos, otro 31 y un hijo de 15 y otro de 12, solamente uno en el grupo no tiene hijos, dos son veteranos, personas de edad indefinida entre cuarenta y cincuenta.


La dinámica de estos dias es trabajar sobre sus propias amarguras, los dolores del alma, una experiencia muy necesaria para toda persona, hacer procesos, cambiar la perspectiva, ponernos en el lugar del otro, desligarnos de todo lo que nos espesa el alma, por eso se llaman “Escuelas de perdón”, pero no es fácil, no es inmediato, a pesar que es muy saludable.
 
Vivir en clave de perdón es un cambio radical y profundo en la vida, progresivo. Nos cuesta tanto que nos hacemos trampa, negamos el dolor, nos contamos historias de las culpas de los demás, nos lamentamos años y años de lo mismo. Limpiar, cambiar de actitud, es largo y toda la vida se ejercita.

En este caso el taller es un poco más complejo, la prisión no es un lugar agradable, entrar en el recinto es un trámite engorroso con varios controles, la mayoría de los funcionarios no son amables, no tienen que serlo, no hacen ningún esfuerzo para serlo. Se cierran y abren rejas con resonancias chillonas de cerrojos de hierro pesante sin lubricar. En los pasillos olores espantosos, humedad, alcantarillados rebentados, suciedad, oscuridad. Cuando llegamos a la capilla, que es donde nos reunimos, literalmente, se hace la luz, el aire corre y el grupo de reclusos empieza a aparecer. Cada uno tiene una historia, historias que no es preciso saber, que si que es necesario rezarlas porque todas ellas son dolorosas, pero además castigadas.

Cristián, uno de los asistentes recuerda que Jesús en el Evangelio nos pide no juzgar y reflexiona al respecto que después de tantos años, nuestra justicia sigue siendo castigadora. El último tema del taller es: “rompo cadenas y limpio el dolor”, la verdadera cárcel es la del corazón duro.

1 comentario:

Camilo Padilla dijo...

y el perdón no es solo un proceso que lleva a un objetivo final y del cuál una vez logrado nos desvinculamos y podemos decir etapa finiquitada, no, el perdón es una constante, es un ejercicio permanente que debemos hacer cada vez a lo largo de nuestras vidas, cuando recordamos ese dolor, porque somos humanos, somos personas con sentimientos y nuestras terminaciones nerviosas nos recuerdan que el dolor es físico y espiritual y cuando revivimos ese acontecimiento doloroso nuestro organismo vuelve a sentir, vuelve a doler y por lo tanto nuevamente debemos procesar el perdón, necesario por cierto para liberarse de todo lo que conlleva el trauma. Es por tanto un circulo permanente en nuestras vidas, vivir con el perdón constante nos ayuda a lograr ser felices o experimentar algo aún mayor que es el amor espiritual a uno mismo, a quien nos ha causado el dolor, al universo, a Dios. Excelente articulo Eli. Gracias.