Mirar y no ver

Es posible que solamente con el título sea fácil adivinar de que se trata este relato. Intentaremos pues ir un poco más allá de lo obvio, que sería que muchas veces miramos sin ver.

Es sabido que para ver mejor hay que abrir bien los ojos, que no siempre ocurre, pero... ¿será que es mejor no ver tanto?, podría suceder que en querer ver “mejor”, nos exigimos un control que acaba dificultando gustar de la simpleza y una lucha interior por ser más listos, para que no nos pasen gato por liebre, por confiar menos de los demás?

¿Qué pasa si simplemente prefiero mirar y sonreír?. ¿Sería esta una mirada risueña, acojedora, no juzgante?.



A veces es más sabio optar por confiar. El camino sencillo que no contempla todas las variables, sino que se mantiene abierto, flexible, sin “miramientos”. Disfrutar de mirar, sin más. Como cuando estamos frente a una puesta o salida de sol. Solamente estar. Entra por los ojos la belleza, la luz, los colores, sin análisis, reflexión, opinión.

Mirar no es necesariamente ver, ni observar. ¿Cuántas veces nos han mirado y no nos han visto, cuántas no hemos visto nosotros aquello que siendo evidente estaba ante nosotros?. Forma parte del limite, no tenemos todos los datos, no lo entendemos todo, no lo sabemos todo. De hecho, es necesario mirar para aprender.  



Los infantes piden que sus papás los miren, que la mirada de los grandes los tome en cuenta. “Mira qué hago!” vocifera el nieto a la abuela desde un resbalín o con una mueca nueva. Mirarlos no tiene ningún análisis asociado, es un acto de amor, de ternura, de presencia. “¡Te estoy mirando!”, decimos para advertir nuestra presencia.

Y cuando nadie nos mira, cuando pasamos desapercibidos, muchas veces nos entristece, es como si no contáramos. Las personas queremos ser miradas, tener testigos, pero no queremos ser juzgadas. La mirada, sin más análisis, es una presencia, testimonio. Entonces, a lo largo del tiempo, sabemos que otros estaban y nosotros estábamos para ellos. Y podemos hacer recuento, sin mucha opinión, solamente constatando: yo estaba, estábamos, ¿lo recuerdas?. De hecho, la mirada es una fuente informativa de primera, muy intuitiva, básica: me gusta-no me gusta. Puede ser solamente descriptiva, a pesar que, como todos somos distintos, miramos diferente. Si estamos aprendiendo miramos por primera vez algo y lo hacemos con mucha atención porque si el maestro nos pregunta, tenemos que saber responder. Si miramos por segunda o tercera vez es diferente, complementa, confirma que lo que ya habíamos visto es conocido, vemos otros aspectos.

A veces, solamente mirar es suficiente, positivamente suficiente para acompañar. Mirarnos unos instantes con un amigo es formidable, las palabras sobran. La postura, la autenticidad se hace presente i somos.

Rescatemos pues la mirada como forma de ser, como presencia que, aun siendo limitados y tenemos sesgos, nos posibilita acercarnos, aprender, ir un poco más allá, abrirnos, confiar, aceptar que aquello que estio mirando, está fuera de mi y lo respeto.

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