lunes, 20 de septiembre de 2010

Iniciar el camino del desapego

Las emociones no son buenas ni malas, pueden ser agradables o desagradables, pero son neutras en sí. No obstante ello, sentir rabia, por ejemplo, y canalizarla adecuadamente requiere temple, madurez y quizá haberse trabajado mucho interiormente. Lo mismo con el miedo, la tristeza, la alegría, la sorpresa o la aversión, todas ellas emociones connaturales al ser humano. No le podemos exigir a nadie que no sienta alegría si la siente, pero otra cosa es convertir esa alegría, llenarla de sentido y que penetre en nuestra conducta de manera sana.

Durante mucho tiempo el mundo occidental se alejó de las emociones y aprendió a negarlas como si fueran demostración de poca racionalidad. Hoy cada vez queremos aprender más de ellas. Sabemos que es sano llorar si uno siente que lo necesita y que tan problemático es no hacerlo como hacerlo en exceso. El miedo es preventivo, nos alerta de peligros y es una manera de protegernos, pero también es una seguridad.

“No te presto el auto porque tengo miedo a que te pase algo” le dice una madre a su hijo adolescente y así ella vive “segura”, hasta el día que el joven decide, por su propio bien manejar, sin pedir tantos permisos. La “seguridad” que nos aquieta son miedos que nos anulan. Detrás de muchas emociones sobredimensionadas hay miedos que nos hacen pequeños y torpes, es difícil verlos porque uno está detrás de ellos como en una gran fortaleza. Soltar la ira y dejar pasar el enojo es una manera de renunciar al poder; acercarse a aquel que me repugna es una manera de hacerme vulnerable; serenarme ante una alegría loca es una manera de empezar a gozar de manera permanente; dejar de sollozar nos permite ver el bosque como dice el adagio. En todos los casos se trata de dar un salto, desapegarse, ir un poco más allá de mis seguridades: estoy segura que estoy triste y tengo derecho a ser consolada, pero el camino al desapego es el que tengo que recorrer hasta vencer el duelo.

El desapego es la renuncia a tener la razón de mis miedos, expande el alma y la hace flexible y es un camino que nunca termina porque naturalmente, el ser humano busca la seguridad cuya llave es el miedo.

Después de veinte años

Me encontré con un compañero del alma después de veinte años. De manera casi anecdótica apareció en facebook. Nos habíamos dejado de saber cuando él y yo emprendimos caminos dis-pares, cada uno el suyo, ya no juntos. Con todo respeto, habíamos puesto silencio de por medio y crecimos como personas, con proyectos y compañeros de viaje acordes a las opciones. Después de veinte años, aparecidos de nuevo, con alegría inmensa, transitamos por calles y pasajes conocidos de ambas vidas, re-cordamos mucho y nos contamos, en la primera cita. En la segunda, simbólicamente, llegamos al “bosque”, a la espesura de lo no conocido, del día después de hace veinte años, llegamos al miedo, dolor en las entrañas y soledad.
Miedo, dolor en las entrañas y soledad no del presente que nos abrigaba feliz, sino de lo desconocido del otro, de lo que “nos perdimos”. Miedo, dolor en las entrañas y soledad de lo que veíamos en el silencio de un parpadeo, en la espesura de la vida que no habíamos compartido con nadie porque era mutuo y recíproco y de nadie más, y ahora se abría, muy sincero, acaso demasiado. Verdades que comprometen la vida misma.
En el “decíamos ayer”, se nos enturbió el: “a mí no me engañas”… y nos mostró cuan desconocidos éramos, no solamente uno frente al otro, también cada uno en el otro y cada uno de sí mismo. Este “encuentro con el pasado” devenía ahora el desafío de ahondar más en la vida, con un espejo veraz al frente. Enfrentábamos la oportunidad de incorporar al joven que fuimos a nuestros mundos de adulto. Ello significaba reabrir ciclos, volver a jugar partidas con otras destrezas. Incorporar, no deshacer, ¿o sí?. Se abrían grietas, inseguridades, incomodidades: ¿qué hubiera pasado…?
El miedo, dolor en las entrañas y soledad no había existido hasta llegar a ese lugar inhóspito de la franqueza y ahora amenazaba la estabilidad del presente. Habíamos estado veinte años sin vernos, ni sabernos y ahora, este encuentro era exigente. Dejaba al descubierto una conversación profunda y pendiente con las propias lealtades. Gratuitamente, de la mano de las vueltas de la vida, se aparecía la oportunidad de dejar todo igual o avanzar, crecer más y ahondar en el amor sincero. ¿Le daba yo un sí a por todas?, ¿me lo daría él a mi?, ¿qué comprometía ello?
Revisarse después de veinte años es una afrenta compleja, siempre sana, pero puede ser dura. Emergen situaciones que antes no existían, como las arrugas; o que en la evolución de la vida se han generado y tienen vida propia: proyectos, familia, duelos… No aprovechar la oportunidad es vivir en el miedo a la libertad, aprovecharla es no tener miedo a la exigencia y sí tenerle a la mediocridad.

martes, 27 de julio de 2010

Sentido de la vida Etty Hilessum

"Busco el sentido de la vida y me pregunto si no tiene sentido en absoluto. Pero este es un tema que cada uno tiene que arreglar consigo mismo y con Dios. Tal vez cada existencia tenga su propio sentido y se necesite una vida entera para encontrarlo", es una frase de Etty Hillesum.
Etty Hillesum fue una joven judía holandesa que mantuvo un diario durante la segunda guerra mundial que testimonia su propio fin en el campo de concentración de Auschwitz.A veces, en el mundo en que vivimos, se nos “olvida” profundizar, vivir, de hecho, y muchas veces, solamente sobrevivimos. Si reflexionamos las veces que se nos pasa de largo la oportunidad de disfrutar las pequeñas cosas, de amar un poco más lo que tenemos, cuidar a los más cercanos, tener un tiempo para los amigos, y para el mejor amigo, el que no nos falla, Dios. Etty Hillesum, desde un campo de concentración nos da una pista clave, la vida de cada uno es la única e irrepetible oportunidad de vivirla, de amar y de construir el mundo que queremos. Todos tenemos un valor que nadie más tiene, no es necesario contárselo a nadie, si hay que vivirlo.

sábado, 12 de junio de 2010

Yo puedo (no es lo mismo que "te puedo")

Invictus es el título del poema de William Ernest Henley, escrito en 1875. El autor lo escribió en inglés, su lengua, y refleja bellamente la superación del alma, el “yo puedo” íntimo que empuja al SER cuando crece y se hace transparente. Es el mismo anhelo que traspasa el corazón del abuelo que se debate entre dos lobos, uno rabioso y ambicioso y el otro sabio y lleno de amor, ante la pregunta de sus nietos: ¿Quién ganará?, responde: aquel que yo alimente.

Existe en la vida el camino de la supervivencia, dominado por del miedo, camino que opta por la protección y avanza adelantando estructuras de defensa, desarrolla poder y lo anhela. También existe la superación del alma, el camino de la verdad interior, del conocimiento y la conciencia. Invictus hace referencia al segundo.

Invictus es también el título de la película que refiere al Nelson Mandela y su opción por la fraternidad, pero la unidad, pero la construcción de esperanza, el camino que lleva al perdón.

Invictus
de William Ernest Henley
Fuera de la noche que me cubre,
Negra como el abismo de polo a polo,
Agradezco a cualquier dios que pudiera existir
Por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de las circunstancias
Ni me he lamentado ni he dado gritos.
Bajo los golpes del azar
Mi cabeza sangra, pero no se inclina.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
Es inminente el Horror de la sombra,
Y sin embargo la amenaza de los años
Me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.

jueves, 10 de junio de 2010

Emergència i sentit de la vida

En situacions de supervivència, les persones humanes tenim reaccions primàries que no tindríem si estiguéssim segurs que no correm perill. Durant una guerra, un terratrèmol, un huracà… sorgeixen, afortunadament, i protegeixen la vida.



La reconstrucció d’una ciutat, on la natura ha aixecat la terra o ha canviat el curs d’un riu, amb la corresponent desaparició de persones, habitatges i infraestructures, comporta per als seus habitants uns canvis en l’estil de vida molt profunds. Les catàstrofes naturals constitueixen estats d’emergència que donen pas a processos que no duren uns quants dies sinó moltes vegades mesos o anys.



Els supervivents d’un desastre, no ho són solament de l’emergència, sinó després també ho són, i desenvolupen maneres de seguir vivint, treballant i donant sentit a la vida d’unes maneres diferents de com ho havien fet abans de la crisi. Aquesta és una supervivència podríem dir «real», absolutament necessària i lícita. Hi hauria una altra supervivència «irreal»? De fet, després del primer moment de supervivència, un tema complex és mantenir l’alerta i l’energia per a la reconstrucció i, encara, després de la reconstrucció, acostumar-se a viure tan intensament dins una certa «normalitat». D’alguna manera, malgrat la tragèdia que significa haver de «sobreviure» a una catàstrofe, aquells que reformulen la seva vida i n’aprofundeixen el sentit són, finalment, afortunats: aconsegueixen un valor que no pot ser comprat en cap botiga i que la civilització actual dificulta molt de trobar l’existència plena.



Benjamin Zander, director de l’Orquestra Filharmònica de Boston, i conferenciant sobre temes de lideratge, durant una ponència, explicava que el secret d’una bona interpretació musical no és la tècnica, sinó el sentiment, l’experiència viscuda i que això es nota quan els ulls dels oients brillen. Quina relació té la brillantor dels ulls durant un concert amb l’estrès?



L’estrès és incontrolable durant un terratrèmol o una explosió i, a més a més, és una reacció de supervivència, però és imprescindible després i al llarg de la vida per a viure-la amb sentit. La capacitat de canvi, de copsar situacions noves, de sorprendre’ns per aquestes novetats i reaccionar-hi són justament característiques de la persona en evolució, no instal•lada en les seves seguretats i veritats.La recerca del sentit de la vida hauria de ser un estat de supervivència permanent. La vida sedentària ens ha adormit a la veritat de l’alerta, però ens ha posat unes altres alertes, més artificials i més allunyades del centre de la persona, relacionades amb l’estatus, amb la por que ens descobreixin vulnerables. De vegades tot allò que ens estressa, més que ajudar-nos a renovar-nos, ens enfonsa en situacions excèntriques d’una supervivència superficial, de l’aparença. Hem de recuperar la capacitat de sorpresa, la novetat i el canvi. De vegades, però, ve en forma de cataclisme.

jueves, 4 de febrero de 2010

Paz!

La paz es un trabajo. No existe sino en su construcción. ¿Dónde está la paz?, no es un lugar, no es un objeto, es una experiencia, una construcción.
Tenemos el trabajo de la paz, así como tenemos el trabajo de la felicidad y el trabajo de la amistad y del amor. Son trabajos!!
Trabajar por la paz es una tremenda tarea que nos implica a todos. Para ello hay que trabajar la conciencia, ¿en qué no soy una persona de paz?, ¿cuando quito o doy la paz?.
¿Cuál es mi experiencia de justicia y es una justicia desde el amor?
Dice un adagio: "No alegría si no hay paz, no hay paz si no hay justicia, no hay justicia si no hay amor"
Por lo tanto un amor que se concrete en justicia, una justicia para construir la paz y desde esa paz, a la alegría, a la Fiesta!
A trabajar!!

miércoles, 6 de enero de 2010

Gracias y feliz año!

Cuando decimos "gracias", nos las decimos mutuamente, las "gracias" son dones. Dar las gracias, si nos fijamos bien, es como dar bendiciones: bien-decir.
Así, cuando decimos "gracias" no solamente es a la persona o personas, sino por lo que ha sucedido entre nosotros.
En este inicio de año, y hoy, día de la Epifanía, manifestación del Señor, de la vida. Gracias.
El propósito para avanzar es no separarnos del sentido. Cada uno y cda una tendrá que responder a un sentido, finalmente vocación en la vida. El trabajo de todos los días es no separarse de él. No tanto hacer cosas, sino más bien trascenderlas para ahondar en el sentido de la vida.
Felicidades!!